EL PODER DE LA ILUSIÓN

Ovidio Roca

Los grupos de izquierda en todo el mundo han sido muy hábiles y han tenido la maestría, la pericia, de posicionarse como adalides populares y hacer creer a la gente que son los defensores del pueblo, de los pobres; que son los únicos inteligentes, capaces y honestos y que con su gestión y políticas desde el Gobierno generarán un estado de bienestar, progreso y felicidad. Lo graves es que aunque esto no es cierto, la gente les cree.

Se les puede mostrar el genocidio, explotación y miseria que los izquierdistas produjeron en la Unión Soviética con más de cien millones de muertos y últimamente el desastre económico y social en nuestro Continente, especialmente en Cuba, Venezuela y Nicaragua donde la opresión y la corrupción cunde; pero la gente no lo quiere ver y aunque los Evangelios nos enseñan sensatez cuando dicen: “por sus frutos los conoceréis”; el pueblo obstinadamente se niega a conocer y ver la realidad.

En Bolivia hemos vivido desde el siglo anterior influidos por grupos de izquierda: el PIR, club de una brillante élite intelectual cochabambina, influyo primero en las universidades y luego se extendió al país; el trotskismo que surge en los centros minero toma control de los sindicatos mineros, de la COB y de los maestros, quienes son los únicos que mantienen aún esa tradición ideológica; también está el Partido Comunista que fue solo un apéndice de la Unión Soviética y todos ellos juntos influyeron en los nuevos partidos nacionalistas como el MNR y otros varios.

Cuentan que, en esas épocas de oro del PIR, los ganaderos del Beni enviaban a sus hijos a estudiar en Cochabamba y dado el gran prestigio de los intelectuales izquierdistas, ellos se alineaban a esta corriente. De retorno a sus pueblos se declaraban marxistas y comunistas, pero solo eran aceptados aquellos que tenían más de cinco mil cabezas de ganado; los cruceños que en esa época eran más yescas, se hicieron falangistas.

El problema para el país está en la prevalencia de una mentalidad ilusoria como fruto de estas ideologías de izquierda, que se instalaron en la población como fuerzas poderosas y duraderas: la dependencia del caudillo, el estatismo en la economía, el miedo a la libertad, a la sociedad abierta y a la revolución tecnológica. De esta manera, la mentalidad y el discurso populista colocan al Estado en el centro absoluto y como responsable por nuestro futuro y nuestro bienestar y no, al individuo libre que lo consigue como fruto de su trabajo y esfuerzo.

Es preocupante que en nuestros países mucha gente se siente cómoda y protegida con ese discurso melifluo y enrevesado de los líderes populistas, que prometen todo, y como tienen miedo a enfrentar la realidad, la verdad, prefieren este discurso mentiroso, siempre que la mentira conlleve una ilusión.

A su vez muchos de los portavoces de la oposición cuando analizan la situación del país, dado el resabio izquierdista de nuestra cultura política, mayormente lo hacen criticando al liberalismo, la economía de mercado, el capitalismo, la libre competencia, la libertad y responsabilidad ciudadana; con lo que definitivamente lo que hacen (al margen de algunas citas personales y anecdóticas sobre los dirigentes y llunkus oficialistas) es apoyar al Gobierno pues postulan lo mismo que éste: estatismo, centralismo, dirigismo, un estado asistencialista que toma todas las decisiones y maneja las empresas hipotéticamente a nombre del pueblo, de los más pobres y los grupos indígenas.

Con la excepción de gran parte de los jóvenes de las Plataformas ciudadanas y articulistas, muy pocos se animan a afirmar de frente que creen en el Liberalismo Democrático, la independencia de poderes, la libertad individual, la propiedad privada, el derecho a la ganancia como fruto de su trabajo, de su inventiva y esto ocurre reiteramos, porque la lógica política, la mentalidad del boliviano es mayoritariamente socialista y anti liberal, es tribal, estatista, quiere un Caudillo que lo acoja y lo proteja, tiene miedo a la libertad y de asumir la responsabilidad de su destino.

Cuando se inicia la baja de precios de las materias primas, cuando terminemos de gastarnos las reservas de hidrocarburos y empecemos a vender el territorio a los chinos (como se dice lo está haciendo en Venezuela); cuando se tenga que cortar los cacareados programas sociales contra la pobreza, eliminar los subsidios a los servicios públicos y aumentar el precio de los combustibles, quizá nos demos cuenta del error de no apuntar a una economía de mercado, competitiva, productiva, diversificada y sostenible, donde la gente cuenta con seguridad jurídica para trabajar y producir.

Por eso la esperanza del cambio democrático está en las nuevas generaciones, más informadas, menos sumisas y dependientes y que quieren vivir sin las tutelas y ataduras del pasado, mientras buscan explorar nuevos caminos de libertad y progreso desafiando la autoridad de los líderes y caudillos populistas. Ellos están informados de lo qué pasa en el mundo y lo ven sin lentes ideológicos, saben de la gerontocracia cubana que secuestró y esclavizo el alma de su pueblo; del estúpido tirano de Venezuela que goza del poder mientras roba impunemente y convierte la riqueza natural en miseria y hambre, o del matón de Nicaragua. Son jóvenes, mujeres y hombres, son ciudadanos libres e informados que no están sujetos a complejos de razas o tribu y se niegan a ser manejados por caudillos y sátrapas y que se organizan de manera ágil y flexible usando las TIC, son las Plataformas ciudadanas y agrupaciones ciudadanas democráticas.

Sin embargo además de las buenas intenciones, la movilización y la receta, hace falta el cocinero. Además de las políticas liberales y democráticas hacen falta el equipo de políticos honestos idóneos y responsables y cuadros profesionales para administrar las distintas competencias del Estado. Ojala lo hagamos.

ovidioroca.wordpress.com

 

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