LA BANALIDAD DEL MAL

LA BANALIDAD DEL MAL
Ovidio Roca

El aforismo: ama y respeta a tu prójimo como a ti mismo, es la base de la convivencia humana y su inobservancia el mal de la humanidad.
Los sistemas totalitarios se proponen y consiguen la absoluta sumisión ideológica y física de las personas y con ello el total dominio sobre la población. Esta situación no es un mal que aqueja solo a las sociedades atrasadas; sociedades cultas como la alemana y la rusa fueron sometidas por el nazismo y el comunismo, ideologías que implantaron regímenes opresores y genocidas, los que fueron aceptados por gran parte de su población.

Hanna Arendt en su libro “Eichmann en Jerusalén”, acuñó la expresión “banalidad del mal” para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre la validez de sus actos. Bajo esos regímenes, la tortura, el genocidio, la ejecución o la práctica de actos criminales no son considerados como atentados contra los derechos humanos, pues las órdenes para ejecutarlos provienen de los estamentos superiores. Los operadores del gobierno, camisas negras, pardas o rojas, no se preocupan por las consecuencias de sus actos, pero si de cumplir fielmente con las órdenes. Esto nos recuerda el efecto lucifer, del experimento del Dr. Zimbardo en la Universidad de Stanford, en 1971.

Es conocido que el entorno cambia a las personas; estas bajo una implacable e incesante propaganda gubernamental llegan a asumir como justo y legal lo normativo interno, aunque sea considerado criminal desde el punto de vista de los valores democráticos. Así mismo lo abyecto, especialmente cuando se trata de atacar a los enemigos del régimen, es convertido para los seguidores en algo rutinario y desapasionado, banal.
Se ignora la relación entre la legalidad y la justicia; las actuaciones de los operadores del gobierno son respaldadas por leyes, decretos y reglamentos, cuando no en la propia palabra del Führer, del líder, considerada como ley suprema.

El ejercicio del mal es “industrializado” y la desconocida dimensión de terror aportada por el régimen totalitario solo requiere de burócratas obedientes, que prescindan de una única cosa: de la facultad de pensar por sí mismos.
Pero no es solo el temor, sino una actitud cómplice de las víctimas, lo que hace que no se reaccione en defensa de los valores y principios y así nos acostumbramos a que los poderosos impongan su voluntad. Dice H. Arendt que en la proclamada dureza del régimen nazi, se ocultaba el cruel deseo de muchos ciudadanos de sumirse en un estado de conformidad y lo hacían a cualquier precio. Los alemanes se entregaron a Hitler porque les decía lo que querían oír: que iban a ser superhombres en un Reich que duraría mil años.

Esto sucedió el siglo anterior en Alemania, donde asesinó, se gasificó a seis millones de judíos, gitanos y homosexuales, y en Rusia donde mataron, aunque menos industrial y técnicamente, a más de ocho millones de sus compatriotas.

Hoy en día, el mismo virus ideológico, aunque ya atenuado, viene afectando a los ciudadanos de los regímenes castrochavistas. Los miembros del “círculo mágico del poder” del régimen, actúan con prepotencia y crueldad contra los “enemigos del proceso”, siempre cumpliendo órdenes jerárquicas o creyendo cumplirlas y diluyendo su responsabilidad en la burocracia del partido.
La ley, los jueces y fiscales son manejados por el gobierno para atacar a los opositores, enjuiciarlos, inhabilitarlos, encarcelarlos, y los que pueden huyen del país para salvar su vida; a su vez los operadores de campo, camisas rojas, ponchos rojos, “movimientos sociales” y otros, cumplen su labor de terror y expoliación y lo hacen convencidos que son impunes pues obedecen órdenes.
En el mundo actual, de la globalización, de las comunicaciones y la información, y de una cultura internacional de libertad y democracia, se hace más difícil que los líderes sean totalmente impunes como antaño y cuando son denunciados internacionalmente, para zafarse no son consecuentes con sus operadores y sayones, y los dejan en evidencia denunciando la ruptura de la cadena de mando, el “yo no fui”.
Las víctimas, al igual que en Alemania, proclaman la dureza del régimen castrochavista, ocultando el cruel deseo de muchos ciudadanos de sumirse en un estado de conformidad y lo hacen a cualquier precio. Quizá la explicación de este comportamiento lo encontremos en los resultados del experimento del Dr. Zimbardo, que trata sobre la adopción de los roles asignados a individuos y grupos, y cómo el ejercicio de estos cambian la conducta y las expectativas de los actores.
El experimento fue dirigido por Philip Zimbardo en la Universidad de Stanford, con estudiantes voluntarios que asumen roles de prisioneros y carceleros y en poco tiempo internalizan esos roles y lo viven intensamente, lo que demuestra que la situación y el contexto son determinantes en los comportamientos de las personas y no tanto la propia personalidad de los individuos; se percibe además, que una ideología legitimadora y el apoyo institucional imponen la obediencia al grupo y al individuo.
Los unos se sienten poderosos y los otros culpables, pero cuando se suspendió el experimento y les fue retirado a los estudiantes el uniforme de policia, estos volvieron a la normalidad de sujetos respetuosos del prójimo. En el caso de los extorsionadores de los Ministerios de Gobierno y de la Presidencia de Bolivia sucede igual, sin sus credenciales y sin apoyo ministerial ya nos son los prepotentes y agresivos agentes que extorsionan y aterrorizan a los enemigos del régimen, ahora son inocentes palomitas. Cuando se sacan el uniforme masista, termina la borrachera del poder irrestricto y se asumen actores inocentes, enviados y luego traicionados por sus jefes, y no quieren entender que eran simples peones, piezas desechables cuando conviene a la autoridad suprema.

Como vemos, ante la fuerza totalitaria la gente se convierte en una masa aterrorizada y temerosa de enfrentar la opresión; algunos se acomodan y otros protestan solitariamente sin mayor efecto; aunque se sabe que la forma de liberarse es aplicar antídotos contra el pensamiento único de los totalitarismos, vale decir cultivar el pensamiento informado y libre del individuo y organizar su resistencia, pues es sabido que pensamiento sin acción es pura ilusión y desperdicio.

ovidioroca.wordpress.com

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